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Fútbol Arte

La soledad del arquero

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Solo quien ha jugado la posición sabe del sentimiento. El guardián del área, protector de  la reliquia más grande del fútbol: Ganar. El arquero espera atrás, el último hombre defiende cuando la amenaza de los delanteros es latente, cuando disparan sin piedad como una lluvia de meteoritos. Pero al final, el arquero está solo, en su isla.

“La soledad del arquero” es un cuento que parece no tener un autor definido, pero que define perfectamente todo lo relacionado al “trabajo más difícil del mundo”. Pocas veces reconocido, usualmente señalado, el arquero renuncia al glamour y ofrece su vida a cambio de proteger su patria, su equipo, su alma y las de otros tantos detrás de ella, como un kamikaze.

No fue René Higuita el primer loco entre los guardametas, sino el único cuya demencia fue más alucinante que el sacrificio. Al final, es una locura en sí ser el arquero, basta con remontarse a los primeros años de la niñez, donde el arquero era la última posición en seleccionarse y usualmente le correspondía al niño gordo de la banda.

El portero es el único capaz de volar y elevarse en la gloria de una tapada magistral, pero en la siguiente jugada aterrizar tan bruscamente hasta morder el césped de la cancha, o el polvo. Una sensación que ciertamente no se puede compartir aunque se intente, el arquero la vive en la soledad de su terruño. Pero están demás cuatro párrafos para describir a un arquero, sobre todo de alguien que nunca jugó esa posición, y es mejor leer el cuento, que es casi casi como vivirlo.

La soledad del arquero

Soy portero. Guardameta, cancerbero, arquero, meta… Tantos nombres para una sola figura, aislada, solo en mitad de la multitud.

Si, tienes otros diez compañeros dentro de tu equipo, algunos de ellos incluso muy cercanos (a veces, y con ciertos entrenadores, muchos y aun mas cercanos). Pero… No son como nosotros. De hecho, ni siquiera vestimos igual, estamos marcados, para que nadie pueda evitar reconocernos. El contacto de sus manos con el esférico es pecado, el nuestro, salvador. En el área nadie manda más que yo, soy el rey, el tirano… Pero si salgo de ella, es como si entrara en un mundo diferente, más oscuro y cruel, el reverso tenebroso del portero. En cierto sentido cuando nos arriesgamos a trascender la línea blanca que marca la frontera de nuestro reino, nos convertimos en émulos de aquellos exploradores de antaño, que partían hacia lo desconocido…

Somos odiados. Lo sabemos. Si, nuestra afición nos aplaude cuando evitamos un tanto, respira cuando desviamos un tiro, pero… En el fondo de los corazones de todos los hinchas, de cualquier amante del futbol, existe un rincón de profundo resquemor contra nosotros. El futbol es gol, solo se gana si se marca uno más que el contrario… y nosotros, maldecidos por el destino, somos los encargados de negar lo más sagrado de nuestro deporte. Somos como Judas, necesario para que la historia se cumpla, pero no precisamente alabados por nuestro protagonismo.

Pero a veces, muy de vez en cuando, uno de los nuestros, en nombre de todos, se toma cumplida venganza. Un gol de un portero es la paradoja suprema de nuestro deporte, y para mi, personalmente, la confirmación de que nunca se debe perder la esperanza, de que incluso los condenados pueden esperan ser redimidos, aunque sea por un breve segundo.

Es difícil mantenerse totalmente cuerdo viviendo siempre al filo del alambre. Podemos estar parados, como si fuéramos simples espectadores privilegiados, la mayoría del partido, y de repente vernos obligados a desatar toda nuestra agilidad en una jugada aislada. Si, puede que sea imposible parar un balón, pero siempre, por muchos defensas que haya, por muy bien que lo hiciera el delantero y por vendido que estés en la jugada decisiva, la culpa final será solo tuya. Serás culpable, y cada uno de los tantos que reciban serán otras tantas pruebas de tu delito. En cierto modo, es como si cometieras un crimen delante de miles de testigos… No puedes escapar.

Es inevitable entonces que a veces cometamos actos que a ojos de los demás puedan parecer desquiciados. De hecho, seguramente lo serán.

Por algún lado tiene que escaparse esa presión intensa que sentimos. Todo ser humano, incluso nosotros, seres apestados, al margen de la sociedad, debería tener derecho a vivir en paz, a no ser atacado una y otra vez. Si, nuestro trabajo es sucio, cuando lo hacemos bien hacemos infelices a miles de personas, deberíamos sentirnos miserables, malvados… Y no lo hacemos. La basura huele mal, pero para que todos vivamos bien, alguien tiene que recogerla. Nosotros, en cierta medida, somos iguales. No nos miréis con odio, apreciad nuestros servicios… Comprendednos, solo Intentad comprendednos.

Y si no pensad que tal vez algunos de vuestros hijos, poseído por la locura, puede convertirse en uno de los nuestros… Nadie esta libre, nadie, recordadlo… Y rogad por nuestra alma.

Eduardo Vásquez Mata.-

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