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Opinión

No es culpa de los mohicanos…

Foto/CONCACAF

Foto/CONCACAF

Tampoco de la desconcentración o de la mala suerte, ni de Haití, ni de Honduras, con quien dejamos puntos valiosos, ni de Estados Unidos que nos eliminó. Lo de hoy no es culpa (aunque si responsabilidad, pero no absoluta) de los seleccionados Sub-20, ni del Cuerpo Técnico de Mauricio Alfaro, ni de aquella situación en la que se vio envuelto Álvaro Lizama, tal vez ni siquiera sea culpa completamente de la FESFUT. Al final, el llamado “fracaso” de hoy, no tenga un culpable específico, sino que es culpa de una estructura ausente en el fútbol salvadoreño.

Para empezar, y recalcando, lo de hoy se ha tildado como un fracaso. ¿Por qué?, ¿En base a qué? Pareciera que haber clasificado al anterior Mundial Sub-20 de repente volvió una obligación el participar en estos certámenes, cuando aquello, si bien significó un logro y mucho esfuerzo, también fue producto de un formato de clasificación bastante accesible y 45 minutos excelentes contra Panamá. No clasificar hoy no es un fracaso en sí, quizás en nuestras mentes fuimos candidatos, pero durante el Premundial no se vio el fútbol que en teoría debía practicar un candidato, y si hablamos de cosecha de puntos, también nos quedamos atrás, pues fuimos al partido de repesca como últimos sembrados.

Lo de hoy no debe ser definido como un fracaso, pero si como un recordatorio que la estructura de nuestro fútbol nos limita a los éxitos deportivos. Ciertamente habrán alegrías y triunfos fortuitos o esporádicos que nos hagan ilusionarnos con algo mejor, pero aquello se vuelve una Quimera sin las condiciones que ello requiere para ser una realidad.

Las administraciones “revolucionarias” en nuestro fútbol han prometido constantemente proyectos con jóvenes, como si esto fuera una campaña política. Está muy bien que se elaboren planes para establecer divisiones inferiores que serán la base de los profesionales de mañana, sin embargo muchos de estos planes se llenan de romanticismo cuando todo gira en torno a algo tan subjetivo como el “amor al equipo”, como si tal cosa fuera la máxima de una institución formadora. Estos grandes planes de trabajo con juveniles, lejos de prometer que los chicos van a amar y respetar los colores, y que van a dejar todo en la cancha sudando la camiseta, como si fuera una competencia de transpiración, se debería de asegurar que a quienes se incorporen al programa y disciplina de un equipo se les fomentará el profesionalismo necesario en cualquier carrera, que en el fútbol salvadoreño parece estar olvidado.

Queremos ser candidatos a todo sin tener las condiciones necesarias para competir al máximo nivel, es como querer una beca al MIT y nunca haber estudiado con determinación. Tanto las potencias del fútbol mundial, como los países emergentes, han trabajado y continúan haciéndolo para lograr construir una estructura sólida que permita potenciar el talento de los mejores, y disminuir las falencias de quienes no hayan nacido como prodigios. Al final, las grandes figuras y equipos que observamos, son producto de años de trabajo, muchísimas horas de entrenamiento, buena alimentación, excelente preparación física, conocimiento técnico y táctico del juego, además de acceso a tecnología que permita obtener una mejora constante. Mucho de esto, si no es que todo, está ausente en El Salvador en prácticamente todo nivel.

Otra cuestión importante, es que la mayor parte de la inversión que se realiza está enfocada en la Selección Mayor, cuya diferencia con las inferiores es abismal, y ni hablar del fútbol femenino que es casi invisible en el país. Pero aun y cuando las inversiones llegaran a las selecciones menores, no sería suficiente, pues de cierta forma se limita el acervo de gente preparada para incorporarse a una selección nacional, dado que son pocos los que alcanzan una convocatoria en el combinado nacional en relación a los disponibles. Los equipos de fútbol, no solo de Primera División, son los principales proveedores de material humano para una selección nacional de cualquier nivel, si nos enfocamos exclusivamente en inferiores, también se suman academias y proyectos como FESA. Por tanto es necesario que el capital para inversión también llegue a ellos o que orienten mejor el propio, pues de nada sirve montar una estructura de primer nivel para los profesionales, si en su formación previa ha estado totalmente ausente.

Todo esto requiere de dinero, por supuesto, pero sobre todo de la voluntad de realizar el trabajo y el raciocinio y asesoría suficiente para saber dónde y cómo invertir, porque talento hay, siempre hay, pero mal formado. De lo contrario nos seguiremos ilusionando, tropezando y buscando culpables en los lugares equivocados, señalando a un peinado juvenil porque los haitianos nos hicieron un gol, culpando a la mala suerte de tener que enfrentarnos a potencias del área en instancias eliminatorias, cuando en realidad, es el mismo subdesarrollo el que limita a la selección y al país en general.

Eduardo Vásquez Mata.-

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